10 de diciembre de 2009

¿Qué fue del siglo XX? | 091



Estoy terminando de leer Introducción a la novela contemporánea, de Andrés Amorós, publicado por Cátedra en 1979 (es la 5ª edición y lleva un apéndice del autor de 1974; así que debió de salir con Franco a punto de palmarla). Además de haber aprendido unas cuantas cosas sobre literatura, me ha impresionado la modernidad de este caballero. Que en pleno tardofranquismo aparezca un señor que habla de Marcel Proust, William Faulkner, Julio Cortázar o Virginia Woolf con tanta propiedad me ha dejado tan en fuera de juego como cuando cierto editor me contó que Juan José Millás era fan por aquella época de, agarrate Catalina, ¡Zama, de Antonio di Benedetto!

En fin, no sé si José Ignacio Lapido, el cantante de los 091, había leído o fue alumno de don Andrés Amorós; con todo, esta canción de 1988 me parece el mejor resumen que podría hacerse del libro en cuestión (al menos de su idea central). A algunos escritores contemporáneos habría que recordarles la letra. También a unos cuantos políticos. A veces leo libros y escucho discursos donde mucho de lo que se cuenta en esa canción no existió. No sé, quizá fueron al mismo instituto que yo, los salesianos de Alicante, donde para mis profesores de Historia y de Filosofía no existían Marx, el genocidio en América o no resultaba didáctico debatir sobre la Guerra Civil.

PD para nostálgicos: aquí está Lapido cuando era una mezcla de Nick Cave y Rafa Nadal. Y aquí, algo más modernete, en el último concierto que dieron.

PD para (hipotéticos, muy hipotéticos) interesados: no tengo ni idea de si el libro de Andrés Amorós se sigue publicando... Yo lo compré por 1,5 euros en mi puestico favorito de la Plaza Nueva de Bilbao.

1 de diciembre de 2009

Cristina Sánchez-Andrade

En verano el pelaje verde de la colina y las cachitas del culo de las niñas se ponen prietos y naranjas. En verano el río mengua y a las niñas de pecho plano les despuntan las tetitas lindas, lindísimas, y van creciendo en silencio, redondas, rosas, suaves, mientras el río discurre lentamente, arrastrándose como un torpe reptil, día tras día, y un día, al final de ese verano, cuando el cauce está tan seco y cuarteado como los labios de una vieja, y sólo queda una estrecha lengua de agua con olor a hiel y a algas, las tetitas se convierten en un fruto lujurioso y surcado de venas, cuando en la colina, junto al río, está medrando el espino de ramas erectas y de pinchos recios, y las niñas juegan en las aguas sin cuerpo, junto a los frutos rellenos de pepitas venenosas, y chapotean en el flujo sosegado y fangoso con aspecto del caldo de verdura.

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A esto lo llamo empezar con fuerza una novela... Y es que, cuando hay un buen autor detrás, apenas un párrafo basta para dibujar un mundo propio, una manera singular de apropiarse de la realidad, la melodía personal que se pretende silbar. En cualquier momento me pongo con la novela y sigo, que está de lo más tentadora. De momento, leo y releo, gusto y degusto, este delicioso primer párrafo.

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Las lagartijas huelen a hierba, Cristina Sánchez-Andrade.
Lengua de Trapo, Madrid 1999 (segunda edición en 2008).

Fragmento completo: clic aquí.

PD: Hasta el título es sensorial en este libro.

Propiedad intelectual y esas yerbas

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